DEL NOMBRE GUARDAFÍA DEL ÚLTIMO REY ABORIGEN DE LANZAROTE

28.03.2014 20:03

[Publicado en el semanario LANCELOT el 1-9-2000]

No voy a tratar en esta ocasión de las tristes vicisitudes que tuvo que sufrir este regio personaje isleño en la aciaga época de la convulsa sociedad titerogaqueña que le tocó vivir. El objetivo que ahora me propongo es reivindicar la forma de su nombre Guardafía que doy en el título de este escrito en contraposición a las de Guadarfía, Guardafrá, Guadarfrá u otras variantes que se han venido empleando.

 

 Con ello sólo pretendo aclarar la cuestión con el ánimo de ir desbrozando nuestro pasado aborigen de algunos malentendidos que lo empañan y que han tomado poco menos que carta de naturaleza, como ocurre, además de con este caso, con los de Acatife, que no fue una aldea aborigen sino la deformación del nombre Arrecife producto de un error de escritura en la versión de Le Canarien favorable a Juan de Bethencourt; Tagóror, palabra que es llana y no aguda como se ha dado en escribirla privándola de la correspondiente tilde; ‘casa honda’, que no se trata en absoluto de un tubo volcánico habilitado como vivienda como se ha pretendido, sino de una choza artificial con el piso ahondado; ‘Titerroygatra, un horroroso engendro nacido de una malhadada deformación del nombre de la isla ‘Titerogaca’ que figura en la versión de Le Canarien atribuida a Gadifer, a los que se podría añadir algún otro caso más de parecida condición.
Pasando, pues, a la cuestión del nombre del régulo de Lanzarote, motivo central de este escrito, voy a exponer seguidamente las razones por las que creo que de las formas expuestas la correcta debió ser ‘Guardafía’, con la /r/ en esta posición al final de la primera sílaba y el resto del nombre en la forma /dafía/ y no /dafra/.
Veamos. La fuente más antigua conocida que registra el nombre de este reyezuelo indígena de Lanzarote es la Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, del escritor andaluz radicado en las islas fray Juan de Abreu Galindo, obra que de acuerdo a la crítica más autorizada debió ser compuesta hacia finales del siglo XVI, pero cuyo texto conocido fue posteriormente adulterado en algunos de sus párrafos por un autor anónimo, entre cuyos datos añadidos figura como fecha más reciente la de 1632. Pues, bien, en dicha obra se consigna varias veces el nombre en cuestión en la forma Guadarfia, una en la de Guarfia –que habría que desechar por incompleta–, y otra en la de Guardafia, que es la que aquí se reivindica a pesar de hallarse en minoría. A esto hay que añadir que todas ellas figuran en la citada obra sin acento gráfico sobre la /i/, a pesar de que la sílaba en que dicha letra va debió ser la tónica, ya que entonces no era preceptivo este signo ortográfico en la lengua española. No obstante la costumbre ha sido escribirlo normalmente acentuado sobre la referida vocal después de que comenzara a usarse la tilde en estos casos. Con toda probabilidad el motivo de que el nombre se terminara por escribir con el acento sobre esa letra debe haber obedecido a la constancia que del mismo se tuvo por tradición oral con esa articulación final en /ía/ desde el momento en que entrara en la escena histórica.
Una observación que conviene tener en consideración sobre este antropónimo es que el mismo debió estar compuesto de dos partes bien diferenciadas, que debieron quizás escribirse desde un principio separadas en la forma ‘Guar’ y ‘Dafía’, puesto que esta parte final ‘Dafía’ la siguieron usando como apellido algunos descendientes del reyezuelo, más o menos alterada con el paso del tiempo, lo que hace pensar que tal componente debió haber sido el auténtico patronímico de nuestro personaje en tanto que la parte primera ‘Guar’ debió consistir en un simple apelativo complementario.
De otro lado, el hecho de que esa parte final ‘Dafía’ empleada como apellido haya carecido de la /r/ colocada en posición interior hace que dicha letra, que existe en una u otra posición en todas las variantes del nombre encontradas en documentos antiguos, tenga que ir forzosamente al final del supuesto apelativo o primera parte del mismo. Y así ocurre, precisamente, en la escritura extendida por el escribano Francisco Guillén del Castillo en La Laguna en 1590 que Argote de Molina otorgó a los frailes franciscanos cuando se construyó el convento de esta cofradía en Teguise, según lo transcribe Viera y Clavijo.
Además de esta copia de Viera y Clavijo se conoce del acta de fundación de dicho convento otra más que fue sacada en 1755 por el escribano de la misma ciudad tinerfeña Francisco López de Castro a instancias del conde de La Gomera.
Como prueba de la facilidad con que se incurría en error de escritura al copiar manuscritos antiguos tenemos, sin ir más lejos, los cometidos sólo en estas dos sacadas de un mismo original, pues mientras Viera y Clavijo escribe el nombre en la forma ‘Guardafra’ y el apellido de él derivado en la de ‘Dafra’, López de Castro los escribe respectivamente ‘Guadarfra’ y ‘de Fra’.
La explicación de la creación de estas dos formas con final ‘fra’ en lugar de ‘fia’, posiblemente deba encontrarse en que donde se había escrito en el original común a ambas ‘fia’, como era lo procedente, seguramente se le pondría a la /i/ un punto algo alargado e inclinado que hizo creer al que copiaba que se trataba de una /r/.
A estos fundados argumentos que se llevan expuestos sobre lo procedente de la terminación bivocálica en hiato hay que añadir además otros, tan contundentes o más que los que se llevan expuestos. Helos aquí:
El testimonio de todos los demás autores, que la escribieron siempre en esa forma terminada en /ia/. La de dos romances muy antiguos que el canariólogo Juan Bethencourt Alfonso recogió en Tenerife, los cuales, según él cree, habrían sido llevados por algún lanzaroteño emigrado a aquella isla tiempo atrás. En esos romances el nombre del reyezuelo majo termina también en esta forma ‘fia’, la cual, aunque carente de acento gráfico en la /i/, se sabe del carácter tónico de esa letra por la asonancia o rima del nombre con la palabra ‘papacría’ en uno de ellos y con ‘alegría’ en el otro. También viene en apoyo de este final bivocálico en hiato la siguiente noticia, no despreciable, sobre el nombre en cuestión: según comunicación verbal del investigador teguiseño Francisco Hernández Delgado, un anciano pastor de aquella zona llamado Félix Ramón Guillén, fallecido en 1993 a los noventa y un años de edad, le contó haber tenido conocimiento cuando joven de haber existido en tiempos pretéritos una mareta llamada de Guardafía –así dice que pronunció el nombre– al pie del volcán Guanapay, por el lugar de Los Divisos, sin relación alguna por tanto con la famosa mareta grande de La Villa. Tampoco es de menospreciar el hecho de no conocerse ni una sola palabra aborigen viva de Lanzarote que contenga una sílaba directa doble como ocurre con esta de ‘fra’, existiendo por el contrario varias terminadas en /ía/, todas ellas topónimos, como son las de ‘Jaría’, un bajío rocoso en Órzola; Haría. el conocido pueblo del norte de la isla; ‘Majafía, un barranco al sur de Güime (¡¡Goíme!!); Safantía, una fuente en el Risco de Famara; Ternesía, un barranco en el pueblo de Haría, y Tiagua, otro pueblo, en su sílaba primera, que se pronuncia formando hiato, a las cuales quizás podría agregarse la de Tías, cuya etimología no es, por descontado, la del grado familiar que le atribuye A. de la Hoz, sin poderse descartar en absoluto que tenga un origen guanche. Y para rematar la cuestión, un dato o noticia que viene a ser como el tiro de gracia contra las versiones terminadas en /fra/, registrado por A. de la Hoz en un trabajo inédito que titula Nomenclátor de Arrecife, que reza así: “En 1676 era propietario de casa y campo, en la Argana, Pedro de Fía, campón libre descendiente de los reyezuelos d’esta isla de Lanzarote”.
Se trata de un dato evidentemente recogido de un documento escrito antiguo, valiosísimo para efectos de lo que aquí se quiere demostrar, pero cuya fuente de procedencia, para desconsuelo de los investigadores de estos temas, no cita. (¿De José Agustín Álvarez Rijo?).
En cualquier caso no cabe dudar sobre su autenticidad, y resulta un argumento cuyo valor probatorio es prácticamente incuestionable a favor de la tesis que aquí desarrollo a favor de la versión Guardafía del nombre, hasta el punto de poderse decir, sin el menor reparo, que ante su existencia cualquier otro razonamiento o argumento huelga.